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Por
encima de todos los que han obtenido este premio, destaca una figura
que jamás lo ganó sino que constituyó uno de los más eminentes jurados
del galardón. Su nombre se escribe con letras mayúsculas en la historia
de la ciencia de nuestro país; se trata de Severo Ochoa. La colaboración
de Severo Ochoa, presidente del jurado durante sus dos primeras
convocatorias, contribuyó a dar el empuje decisivo al premio DuPont
de ciencia.
Aunque residió muchos años en Estados Unidos, el profesor Severo
Ochoa nació en Luarca, en 1905 e impulsó este premio para promocionar
la ciencia y sus aplicaciones en nuestro país. Su amor por esta
tierra se trasluce cuando habla de su biografía: 
Yo nací en el noroeste de España, en una parte del país llamada
, una tierra verde y lluviosa en donde las montañas descienden hacia
el océano Atlántico, unas veces suavemente y otras veces abruptamente".
Pronto reconoció su vocación científica y su interés por la biología,
y por esta razón, en 1923, se matriculó en la Facultad de Medicina.
No es que tuviera intención de dedicarse a la práctica médica, pero
en los años veinte, en España, aquella carrera garantizaba la mejor
plataforma de conocimiento para el estudio de la biología.
Los cruciales descubrimientos de Santiago Ramón y Cajal estimulaban
su imaginación e impresionaban a aquel joven estudiante que soñaba
tenerlo como profesor de histología. Lamentablemente, cuando Severo
Ochoa entra en la facultad, Ramón y Cajal, ya septuagenario, había
dejado su cátedra y se dedicaba sólo a la investigación de laboratorio.
Sin embargo, son muchos y entre ellos se incluía el doctor Gregorio
Marañón, los que no dudan en señalar a Severo Ochoa como heredero
de Cajal, y advertir cierta continuidad de genio investigador y
español. El propio Severo Ochoa afirmaba que nunca se cansó de leer
su autobiografía y su libro Consejos para la investigación científica.
El profesor Ochoa fue aprendiz de científico en la Residencia de
Estudiantes, de la que saldrían hombres tan famosos como el poeta
y dramaturgo Federico García Lorca, el artista Salvador Dalí, o
el cineasta Luis Buñuel. En los laboratorios de investigación de
la Residencia, como se la conocía familiarmente, Ochoa recibió un
fuerte estímulo creativo y científico. La Residencia de Estudiantes
era, como él mismo reconoce, un oasis en un país yermo de cultura
y ciencia.
De esta forma, la Residencia creó una elite, pero una elite demasiado
minoritaria. Deberían haber existido "Residencias" en Madrid y otras
partes del país para elevar la cultura española al nivel que alcanzó
en otras naciones".
Durante un tiempo, mientras estaba en la universidad, impartió clases
de fisiología y bioquímica a estudiantes para conseguir algún dinero.
Algunos de ellos se convertirían en amigos íntimos y a su vez en
notables científicos.
Ya a punto de concluir sus estudios, Severo Ochoa empieza a pensar
en ampliar su formación en el extranjero. Es entonces, en 1929,
cuando parte hacia Berlín para estudiar con el premio Nobel Otto
Meyerhof, y un poco más tarde le sigue en su traslado hasta Heidelberg.
De vuelta a Madrid, en 1930, colaboró con otro asturiano, Francisco
Grande Covián en el estudio que llegaría a constituir su tesis doctoral.
En 1931 contrae matrimonio con Carmen García Cobián, la mujer que
le acompañaría hasta sus últimos años y sin la cuál admite que habría
sido otro hombre.
Un año después el matrimonio Ochoa marcharía a Londres, para que
Severo continuara sus estudios de posdoctorado y tomara contacto
con la ciencia británica. El bioquímico Harold Dudley guiaría sus
primeros pasos en el estudio de las enzimas.
Nuevamente en Madrid combinó la enseñanza con la investigación.
En el otoño de 1935 empezó a trabajar como director de fisiología
en un Instituto de investigación médica dependiente de la Universidad
de Madrid. Por desgracia, sólo serían unos meses; la guerra civil
española imprimiría otro rumbo a la vida de Severo Ochoa. La guerra
se extendía como la sombra de un gigante goyesco sobre la piel de
toro. No eran esas las circunstancias más adecuadas para un joven
investigador que soñaba con la ciencia. Como el propio Severo Ochoa
reconoce en sus escritos, la ayuda de Carmen, su esposa, fue inestimable
para salir de España en plena guerra:

Mis ideas eran liberales, las de ella, también, aunque más moderadas,
pero no podíamos simpatizar con uno ni otro bando. De otra parte
[...] no había, aun sin guerra, en la España de entonces, la posibilidad
de hacer la clase de ciencia que yo soñaba con hacer.
En septiembre de 1936, el matrimonio Ochoa se embarca hacia su destino,
huyendo de la pesadilla española. El joven Severo silba en la cubierta
del barco la obertura de Las bodas de Fígaro, como tantas otras
veces había tarareado música clásica mientras investigaba en el
laboratorio de la Residencia, con una incomparable sensación de
libertad; aún no sabía que estaba llamado a ser uno de los más grandes
investigadores que ha tenido jamás nuestro país, a recibir un premio
nobel y a contribuir a los avances de la biología molecular.
Fueron aquellos, unos años itinerantes marcados por dos contiendas,
la guerra civil española y la segunda guerra mundial. Cuando dejó
España, su intención era volver con Meyerhof, pero Alemania era
también un país revuelto, agitado por el furor nazi, que ya no tenía
nada que ver con el país que Ochoa había conocido. Meyerhof, científico
judío, se hallaba en una situación precaria, pero aún pudo ayudar
a su discípulo consiguiéndole una beca para trabajar en el Laboratorio
de Biología Marina de Plymouth, Inglaterra, durante seis meses.
De ahí pasó al departamento de Bioquímica de la Universidad de Oxford,
donde la segunda guerra mundial truncaría de nuevo su trabajo con
el profesor Rudolf A. Peters y un tiempo feliz y productivo.
La idea de partir hacia América empieza a rondar por la cabeza del
investigador y en 1940, sale para Estados Unidos junto con su esposa
Carmen García Cobián, tristes pero llenos de esperanza y nuevas
ilusiones.
En el laboratorio de Carl y Gerty Cori en la Escuela Universitaria
de Medicina Washington University de San Luis, Missouri, encuentra
un lugar estimulante centrado en el estudio de las enzimas. Pocos
años más tarde se trasladaría a la Universidad de Nueva York como
investigador ayudante de medicina. Allí tuvo a sus primeros alumnos
postdoctorales, entre los que se encontraba el hoy ilustre Santiago
Grisolía, actual colaborador destacado en el premio DuPont de ciencia.
Grisolía, el primer becario español de Ochoa, comienza a trabajar
con él en enero de 1946, recién llegado a Nueva York procedente
de Valencia, su ciudad natal, con apenas veintidós años, para compartir
con él la pasión por la bioquímica.
Después de trasladarse a Farmacología, en el otoño de 1946, Ochoa
se convierte en el segundo bioquímico que llegó a ser catedrático
de Farmacología de una Facultad de Medicina americana. Ochoa viviría
en Nueva York prácticamente la mitad de su vida.
En verano de 1954 deja Farmacología para trasladarse al tercer piso
del New York University Medical Center, en la Primera avenida, donde
prosigue sus investigaciones sobre enzimología metabólica. En aquel
laboratorio llegaría a resultados y hallazgos formidables: por primera
vez se obtiene ácido ribonucléico en un tubo de ensayo. Se trataba
de un descubrimiento importante que tuvo una amplia difusión no
sólo en medios científicos sino también en medios profanos. Este
acontecimiento científico significaría el hallazgo de la clave para
el descubrimiento del código genético, las posibilidades que abría
eran extraordinarias, entre otras ofrecía la eventualidad de controlar
la herencia y retardar el ritmo del crecimiento del cáncer.
El 16 de octubre de 1959, cuando Ochoa llega a la Universidad, le
aguarda una multitud alborozada, grupos de alumnos, curiosos, reporteros
de prensa, radio y televisión. Unas horas después recibe el telegrama
del rector del Instituto Carolino de Estocolmo anunciándole que
le han concedido el premio Nobel de Fisiología o Medicina por el
descubrimiento del mecanismo de la síntesis biológica del los ácidos
ribonucleico (ARN) y desoxiribonucleico (ADN). Aquel era el honor
más alto que un hombre de ciencia puede recibir.
El descubrimiento de una enzima (la polinucleótido fosforilasa)
en una bacteria, le había permitido sintetizar ácido ribonucleico
(ARN), una substancia de vital importancia para la síntesis de proteínas
en la célula. La enzima descubierta por Ochoa ha sido de singular
valor para la ciencia, pues ha permitido comprender y reproducir
el proceso por el cual se traduce la información genética, a través
de ARN intermedios, en enzimas que determinan las funciones y el
carácter de cada célula.
Lejos de envanecerse, Ochoa considera el premio Nobel una obligación,
que quiere afrontar redoblando sus esfuerzos y su dedicación a la
ciencia, no cree en el Nobel como en el fin de un camino sino como
en el inicio de otro nuevo, tal vez más arduo. En el discurso que
pronuncia al recoger el Nobel afirma:
El hombre casi ha conquistado ya el átomo, y está preparándose
para la conquista del espacio. Ha descubierto muchos de los secretos
de la materia inerte y empieza a cavar hondo en el reino fronterizo
entre lo vivo y lo muerto; el mundo de los virus. Es posible que
el hombre nunca halle la clave de la naturaleza del sentido de la
vida, pero podemos dirigir la vista adelante, con confianza y antelación,
hacia una mucha mejor comprensión de un gran número de sus misterios".
En verano de 1974 se retiró de la Universidad, no le atraía la idea
de convertirse en profesor emérito y pidió a la Universidad que
le mantuviera simplemente como profesor de bioquímica; la Universidad
aceptó su solicitud. Ese mismo año recibió el nombramiento de Miembro
Distinguido del Roche Institute of Molecular Biology en Nutley,
Nueva Jersey, donde trabajó hasta diciembre de 1985. Diariamente
se trasladaba desde Manhattan a Nutley para proseguir su trabajo
en un ambiente científico estimulante y lleno de facilidades.
Ochoa trabajó siempre por y para la ciencia. Cuando abandonó la
investigación activa en el laboratorio, siguió asistiendo a reuniones
y actos científicos y publicando en revistas científicas y publicaciones
periódicas, abrumado por la muerte de su esposa, que le había acompañado
en su andadura.
Severo Ochoa acogió la celebración del premio DuPont de ciencia
con satisfacción y agrado, en sus declaraciones a la prensa siempre
destacó
el valor de que la ciencia y la industria caminasen unidas, en sus
propias palabras:
Es necesario que las grandes compañías apoyen a la ciencia [...]
la ciencia siempre vale la pena, porque sus descubrimientos tarde
o temprano siempre se aplican".
El apoyo del profesor Ochoa ha sido fundamental para la suerte del
premio DuPont de ciencia, le permitió ganar el respeto del público,
de los científicos y de la comunidad. Severo Ochoa fue Presidente
del jurado en sus dos primeras ediciones, lamentablemente falleció
en 1993, pocos días antes de la celebración del III premio DuPont
de ciencia.
Inteligencia, ingenio y curiosidad destacan como algunas de sus
características más notables. Sus grandes exploraciones fueron aventuras
científicas: el aislamiento de la creatinina en la orina, los trabajos
sobre la vitamina B1, la transformación del ácido fosfórico de unos
compuestos a otros, la síntesis de proteínas de ácidos nucleicos
o el estudio de las enzimas.
Podemos decir que fue miembro de diversas academias nacionales de
ciencias, recibió diversas distinciones, numerosos premios, incluido
el Nobel, y fue doctor honoris causa por más de cuarenta universidades.
Pero preferimos hablar del Severo Ochoa que vibra ante la contemplación
de los paisajes japoneses o la estela del código de Hammurabi, complacido
con las veladas nocturnas en el Louvre, de un hombre preocupado
intensamente por los grandes enigmas como el origen del universo,
de la vida y de la materia un hombre que se embarcó para siempre
la gran aventura de la bioquímica.
Premio
DuPont de la ciencia

©
Mayo 2002
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